Una mirada distinta

Como se dijo anteriormente, mediante experimentos científicos quedó claramente demostrado que la abeja puede percibir diferencias de color. Su percepción cromática, empero, no es semejante a la del ser humano. (fig. 3).


Colores de un espectro óptico para el ojo humano (arriba) y para el ojo de la
abeja (abajo). Los números indican la longitud de onda de la luz en milimicrones.


La abeja es ciega al color rojo, ubicado en el extremo final del espectro, pero puede ver perfectamente el ultravioleta, que las personas no distinguimos. Quizá la abeja no está muy capacitada para diferenciar los colores entre sí, pero es capaz de discriminar cuatro bandas muy anchas: amarillo abeja, azul verdoso, azul abeja y ultravioleta.
Aunque ciega al rojo, puede reaccionar fuertemente frente a algunas flores de ese color, debido a que éstas reflejan el ultra violeta. Las que no irradian el ultravioleta aparecen como negras a los ojos de las abejas. Las pinturas que contienen blanco de plomo reflejan el ultravioleta y, por lo tanto, proporcionan a la abeja una luz que se halla dentro de sus límites de percepción (blanco abeja). Las pinturas con pigmento blanco basado en cinc no reflejan el ultravioleta y, por lo tanto, las abejas las perciben como de color azul verdoso. Los narcisos blancos reflejan una luz similar a la de la pintura con base de plomo y producen un estímulo análogo.

Los ojos compuestos tienen otra propiedad muy importante: la de detectar el plano de vibración de la luz polarizada.
La luz se propaga en línea recta, pero los rayos luminosos rectilíneos se componen, a su vez, de «trenes de ondas», movimientos ondulatorios, vibratorios, pulsátiles, o como se los quiera llamar, sobre cuya naturaleza los físicos emitieron innumerables teorías.
En determinadas circunstancias, pueden suprimirse todos los trenes de ondas menos uno, y entonces se dice que el rayo de luz se polariza. Pero la luz polarizada no es un producto de laboratorio creado por la mano del hombre, sino que existe en la naturaleza como un subproducto de las reflexiones de la luz sobre las superficies brillantes.

Otro fenómeno natural, en el que se produce la polarización de la luz, ocurre en el cielo por el efecto de las diminutas partículas atmosféricas en suspensión. La luz que llega de un cielo claro está parcialmente polarizada y su plano de vibración varía según el ángulo entre la dirección del sol y la dirección del fragmento de cielo en cuestión.

Von Frisch y sus colaboradores demostraron que la abeja encuentra el camino hacia su morada y registra la ubicación de determinada fuente de alimento mediante el ángulo del sol, y si éste no se ve, por el plano de vibración de la luz. Asimismo, las exploradoras que descubren nuevas fuentes de alimento, pueden comunicar su ubicación por medio de las danzas que ejecutan sobre los panales.
Se considera asimismo que la facultad de detectar el plano de vibración reside en las células retinianas (ver la fig. 2 donde se muestra un corte de un omatidio). Si estas células poseen realmente dicha propiedad, estarían capacitadas para enviar a los lóbulos ópticos mensajes esclarecedores sobre pautas precisas de navegación.

LAS ANTENAS

Diversos órganos sensibles o sensilias se ubican en las antenas; algunos de ellos en gran número, en especial hacia el extremo del flagelo. En una sola de las antenas del zángano existen cerca de 500.000 sensilias, de las cuales 30.000 son las denominadas placas sensibles.
La antena de la obrera tiene entre 5.000 y 6.000 placas sensibles, pero la reina posee sólo de 2.000 a 3.000. Algunas sensilias están ubicadas en la boca y otras en el cuerpo, por lo general en gran cantidad.
Una sensilia se compone de una o varias células sensibles con una fibra nerviosa conectada al sistema nervioso central y el otro extremo distal en íntima conexión con la cutícula. Las antenas parecen ser el principal, aunque no el único, sitio de ubicación de los órganos del gusto y del olfato.

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