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Colores de un espectro óptico
para el ojo humano (arriba) y para el ojo de la
abeja (abajo). Los números indican la longitud de onda de
la luz en milimicrones.
La abeja es ciega al color rojo, ubicado en el extremo final del
espectro, pero puede ver perfectamente el ultravioleta, que las
personas no distinguimos. Quizá la abeja no está muy
capacitada para diferenciar los colores entre sí, pero es
capaz de discriminar cuatro bandas muy anchas: amarillo abeja, azul
verdoso, azul abeja y ultravioleta.
Aunque ciega al rojo, puede reaccionar fuertemente frente a algunas
flores de ese color, debido a que éstas reflejan el ultra
violeta. Las que no irradian el ultravioleta aparecen como negras
a los ojos de las abejas. Las pinturas que contienen blanco de plomo
reflejan el ultravioleta y, por lo tanto, proporcionan a la abeja
una luz que se halla dentro de sus límites de percepción
(blanco abeja). Las pinturas con pigmento blanco basado en cinc
no reflejan el ultravioleta y, por lo tanto, las abejas las perciben
como de color azul verdoso. Los narcisos blancos reflejan una luz
similar a la de la pintura con base de plomo y producen un estímulo
análogo.
Los ojos compuestos
tienen otra propiedad muy importante: la de detectar el plano de
vibración de la luz polarizada.
La luz se propaga en línea recta, pero los rayos luminosos
rectilíneos se componen, a su vez, de «trenes de ondas»,
movimientos ondulatorios, vibratorios, pulsátiles, o como
se los quiera llamar, sobre cuya naturaleza los físicos emitieron
innumerables teorías.
En determinadas circunstancias, pueden suprimirse todos los trenes
de ondas menos uno, y entonces se dice que el rayo de luz se polariza.
Pero la luz polarizada no es un producto de laboratorio creado por
la mano del hombre, sino que existe en la naturaleza como un subproducto
de las reflexiones de la luz sobre las superficies brillantes.
Otro fenómeno
natural, en el que se produce la polarización de la luz,
ocurre en el cielo por el efecto de las diminutas partículas
atmosféricas en suspensión. La luz que llega de un
cielo claro está parcialmente polarizada y su plano de vibración
varía según el ángulo entre la dirección
del sol y la dirección del fragmento de cielo en cuestión.
Von Frisch y
sus colaboradores demostraron que la abeja encuentra el camino hacia
su morada y registra la ubicación de determinada fuente de
alimento mediante el ángulo del sol, y si éste no
se ve, por el plano de vibración de la luz. Asimismo, las
exploradoras que descubren nuevas fuentes de alimento, pueden comunicar
su ubicación por medio de las danzas que ejecutan sobre los
panales.
Se considera asimismo que la facultad de detectar el plano de vibración
reside en las células retinianas (ver la fig. 2 donde se
muestra un corte de un omatidio). Si estas células poseen
realmente dicha propiedad, estarían capacitadas para enviar
a los lóbulos ópticos mensajes esclarecedores sobre
pautas precisas de navegación.
LAS
ANTENAS
Diversos órganos sensibles o sensilias se ubican en las antenas;
algunos de ellos en gran número, en especial hacia el extremo
del flagelo. En una sola de las antenas del zángano existen
cerca de 500.000 sensilias, de las cuales 30.000 son las denominadas
placas sensibles.
La antena de la obrera tiene entre 5.000 y 6.000 placas sensibles,
pero la reina posee sólo de 2.000 a 3.000. Algunas sensilias
están ubicadas en la boca y otras en el cuerpo, por lo general
en gran cantidad.
Una sensilia se compone de una o varias células sensibles
con una fibra nerviosa conectada al sistema nervioso central y el
otro extremo distal en íntima conexión con la cutícula.
Las antenas parecen ser el principal, aunque no el único,
sitio de ubicación de los órganos del gusto y del
olfato.


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