
La secreción de las glándulas
hipofaringeas es el
producto fundamental para la alimentación de las larvas reales.
Las glándulas
poscerebrales, también denominadas labiales por Snodgrass
en razón de que derivan del segmento al cual pertenece el
labio, se ubican detrás del cerebro (de allí su nombre).
Sus lóbulos o acini son más traslúcidos que
los cuerpos cremosos de las glándulas alimenticias y tienen
distinta forma y características.
Estas glándulas están constituidas por pequeños
cuerpos piriformes unidos por un sistema de conductos. Vierten su
secreción en un conducto medio, debajo de la faringe. Este
conducto es el mismo que lleva la secreción de las glándulas
salivales torácicas, las cuáles son más bien
racimos compactos de cuerpos cortos y cilíndricos dispuestos
en ramas desde el conducto colector. Su secreción se aloja
en dos pequeños sacos, cuyos conductos principales pasan
al conducto medio de la cabeza. Estas glándulas son derivaciones
de las glándulas de la seda de la larva.
Los estudios realizados sobre el contenido de estos dos pares de
glándulas son contradictorios. Algunos autores sostienen
la presencia de invertasa; otros, en cambio, la niegan. También
la presencia de grasa y de la enzima reductora lipasa, fue a la
vez sostenida y negada. Parece probable, sin embargo, que una de
estas glándulas -las poscerebrales- o quizá ambas,
sean las responsables de la producción de las enzimas que
invierten la sacarosa del néctar, convirtiéndola en
glucosa y fructosa.
| El
néctar y polen que la abeja recolecta de las flores,
lo trabaja luego con sus glándulas para convertirlas
en sustancias de suma importancia para su alimentación
y nutrición. (Foto gentileza Luis Gomez) |
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El proceso se
inicia cuando la saliva desemboca en el canal de la glosa y se mezcla
con el fluido que pasa a través del canal alimentario de
la probóscide; luego el proceso continúa y se completa
en el panal.
No es necesaria ninguna digestión posterior en el canal alimentario
de la abeja, puesto que la glucosa y la fructosa se pueden absorber
a través de las paredes del intestino tan pronto como se
las ingiere. La única fuente de materias grasas la proporciona
el polen, cuyos granos contienen grandes glóbulos de grasa,
pero a juzgar por la gran cantidad de glóbulos inalterados
hallados en las heces, parecería que las abejas los asimilan
muy poco.
En su cuerpo, como ya señalamos, la abeja acumula gran cantidad
de cuerpos grasos, pero éstos provienen más bien de
los azúcares.
El cuarto y último par de glándulas asociadas con
las piezas bucales está constituido por las glándulas
mandibulares. Se trata de órganos simples, a la manera de
sacos lobulados, ubicados debajo de la gena, directamente sobre
las mandíbulas. Un corto conducto se abre en la raíz
de la mandíbula y la secreción fluye por un surco
que la lleva directamente al extremo en forma de cuchara de la mandíbula.
Estas glándulas son relativamente grandes en la obrera, rudimentarias
en el zángano y muy grandes en la reina. Durante muchos años
su función fue un misterio, hasta que el doctor C. G. Butler
descubrió su verdadero valor en la reina, con lo cual hizo
un aporte muy importante a la ciencia apícola.
Esta secreción, que Butler llamó «sustancia
real» la distribuyen las obreras en la colmena y de ella depende
el ordenamiento social de la colonia.
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