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Siguen
los robos de colmenas.
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Productores
apícolas del partido de San Pedro y de islas vecinas a Entre
Ríos fueron estos últimos días víctimas
del robo de colmenas. Como siempre, sospechan que los autores son
conocedores de la actividad
El sosiego y la seguridad de los que hasta no hace mucho gozaba
el ámbito rural se ha venido degradando en los últimos
tiempos a niveles impensados.
A los tradicionales casos de abigeato y carneadas de ganado se fueron
sumando saqueos de silos repletos de cereales, el robo de camiones
cargados de granos y hasta recientemente el secuestro del nieto
de un productor.
Pero la imaginación y la creatividad de la delincuencia parecen
no tener límites. Quizá tentados por la revalorización
de sus cotizaciones, los cacos comenzaron a apropiarse de miel y
de parte de su infraestructura.
Hubo dos factores. Uno de ellos fue la menor producción a
raíz de una sequía que afectó las regiones
apícolas y el otro fue la devaluación.
Los hechos ocurrieron en la zona de plantaciones frutales de San
Pedro, a unos 170 kilómetros al norte de la Capital Federal
y en la zona de las islas Lechiguanas, en el departamento Gualeguay,
Entre Ríos.
Si bien los delitos ocurrían desde hace tiempo, comenzaron
a incrementarse en los últimos dos años y tomaron
vigor en 2002. Pero las denuncias de sólo algunos de los
damnificados se conocieron en estos días. "Por eso es
muy difícil evaluar el monto global del perjuicio",
explicó el presidente de la sociedad rural local, Raúl
Víctores.
Llamativo
La modalidad no deja de llamar la atención porque no es sencillo
robarse una colmena ante el riesgo de ser atacado por las abejas.
Es necesario un conocimiento de la actividad y vestimenta apropiada
que proteja el cuerpo.
Nadie se anima a estimar el monto global de los robos, aunque en
los casos personales significan verdaderos quebrantos. En la zona
habrá un centenar de apicultores, la mayoría de pequeña
escala, con menos de cien colmenas cada uno.
Es gente humilde y de trabajo. Algunos no viven de esa actividad
porque ella sola no les alcanzaría para vivir, y complementan
sus ingresos con otros trabajos como la plomería, carpintería
o electricidad. Otros utilizan el recurso de la apicultura para
reforzar los magros haberes jubilatorios.
A Edgo Portales, de 68 años, jubilado, le estropearon 40
colmenas en marzo en el Paraje Espinillo, a pocos kilómetros
del centro de San Pedro. "Me hicieron un desastre, me robaron
dos tambores con 335 kilos de miel cada uno, pero a las abejas no
las tocaron. Seguro que es gente que conoce la actividad, porque
cuando se encontraron con un enjambre maligno lo dejaron abandonado
en el suelo", agregó.
"Me dejaron sin mi fábrica. Tengo que empezar de cero.
Armar una colmena me cuesta entre 150 y 200 pesos cada una. Me asesinaron.
Por ahora me las rebusco haciendo changas como electricista o plomero",
concluyó.
Jorge Walter Vázquez, de 44 años, sufrió el
robo de 30 colmenas con la miel adentro. "Una mañana
fui al campo y me encontré con las cajas vacías. Vázquez
supone que tanto la miel como el material se reduce a muy bajo precio.
Extraído
de La Nación, setiembre 2002 |
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